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Trance abstracto I: ocaso y ontología musical

Jueves, 21 de Mayo de 2009

Ocaso

Resultado de entender que existe un pensamiento tradicional sobre música (vivo en las instituciones: los conservatorios, teatros, editores) coexistiendo con un pensamiento menos articulado –pero hasta un punto agrupado en dinámicas de apertura: músicas, la importancia de la escucha, diferencias teóricas–, me pregunto hasta dónde influyen en la evaluación de esta situación (de cambios, tensiones, polaridades, etc.) la noción de una decadencia de las ideas tradicionales.

Crisis de la música, oscilaciones violentas y polarizadas entre el sentido y la impostura para el lugar de la música en la cultura, posibilidad de reinscripción de la música como trascendente al mundo… son potentes los discursos que articularían, en un sentido estricto (es decir reemplazando la idea de decadencia de la música), este tropo “ocaso musical” –instancia, por otro lado, de una narrativa mucho mayor; George Steiner, en el inicio mismo de su Gramáticas de la creación (Ediciones Siruela, 2001), juega de modo paradójico con ella, pensando en función de la categoría Occidente: “No tenemos comienzos”.

Ontología

Estoy leyendo con cuidado un artículo anti decadencia de Philip V. Bohlman, muy relacionado al texto de Nelson Goodman que Diego Fischerman rescata desde Lulú. (Goodman pregunta allí cuándo es el arte en lugar de qué es el arte para asegurarse la posibilidad de una ontología dónde arte es a la vez objeto y proceso, y, en última instancia, dar una solución al problema del surgimiento del arte concreto, ambiental, del performance art). La estrategia de Bohlman en su paper –parte de una colección que en su mismo título llama al tropo ocaso: Rethinking Music (Oxford University Press, 2001) –cómo si alguna vez hubiésemos realmente acabado algún pensamiento sobre la música– es la de tensar al máximo la posibilidad ontológica de la música.

Copio abajo, en traducción rápida, el primer párrafo completo del artículo, sobre el que comentaré en una próxima entrada:

La música podría ser aquello que creemos es, podría también no serlo. La música podría ser sentimiento o sensualidad, pero también es posible que no esté relacionada a la emoción o la sensación física. La música tal vez sea lo que algunos utilizan para bailar, rezar o hacer el amor, pero ninguno de éstos es un caso necesario. En ciertas culturas se usan categorías complejas para pensar la música. En otras parece no existir la necesidad de contemplar la música. Lo que es la música se mantiene como un interrogante abierto a toda hora y en todo lugar. Este siendo el caso, cualquier metafísica de la música debe, por fuerza, definir el resto del mundo desde un lugar y un tiempo privilegiados, un lugar y un tiempo pensados como propios. Pensar –incluso re-pensar– la música, por ende, es esencialmente un intento por reclamarla y controlarla como propia. (Philip Bohlman, “Onthologies of Music”. Rethinking Music, Oxford University Press, 2001)

Miguel Galperin